miércoles, 26 de marzo de 2008

Cine colombiano años 20: Hegemonía y representación social

Por: Alejandro Hernández.
Miembro del Seminario Comunicación y Cultura. Profesor del Área de Semiótica de la Universidad Externado de Colombia.
Palabras clave: Hegemonía, Reproducción, Representación, Distinción social, legitimación social, Violencia simbólica, Estrategias simbólicas.



PRESENTACIÓN, CONTEXTO Y JUSTIFICACIÓN

Tras el fin de las guerras civiles que asolaron el territorio colombiano a finales del siglo XIX y principios del XX, la nación entra en un periodo de modernización caracterizado por una serie de innovaciones técnicas y científicas de alcance universal (ferrocarriles, aviación, automóviles, radio, cine, telegrafía, telefonía…); por la unificación de sus fronteras territoriales; por la consolidación de un sistema político-administrativo de corte centralista; por la asunción de un régimen jurídico y de una constitución política; por el surgimiento de unas clases sociales en ascenso que rivalizan frente a su visibilización social; por las luchas hacia la consolidación de un proyecto hegemónico; por la representación social a través de los medios de comunicación a su alcance.

El tránsito del siglo XIX a los primeros años del siglo XX en Colombia, están determinados, socialmente, por la pugna de los diversos grupos socio-económicos emergentes, quienes luchan por la visibilidad social y por el reconocimiento (posicionamiento) político.

Para ello es necesario acudir a las contiendas territoriales, que mediante las guerras civiles garanticen la supremacía militar, como una vía a la consolidación del estado-nación, el cual, a través de la institucionalidad política y jurídica, les permita legitimar su "proyecto", el cual se afianza gracias a las posiciones estratégicas en aquellos sectores claves de la emergente economía nacional (agricultura, ganadería, comercio, industria)
[1].
El cuadro no quedaría completo sin el debido reconocimiento social y cultural de dichos sectores sociales, que en pugna, acuden al concurso de los medios de comunicación masiva a su alcance, para aprovechar en su beneficio, la alta credibilidad e impacto que tales medios gozan en los sectores populares.

Estos sectores sociales o esta clase social (burguesía) que se fortalece en el manejo de los asuntos públicos y privados, en su afán por visibilizarse, busca las maneras de difundir, promocionar e inculcar sus valores políticos e ideológicos, religiosos y culturales, estéticos y morales, a través de los medios a su alcance, incluyendo tanto aquellos mas tradicionales y consolidados, como aquellos de mayor novedad e impacto.

Los inicios del siglo XX señalan, en definitiva, hacia la consolidación moderna del estado-nación en Colombia y por el afianzamiento económico de unos sectores sociales dedicados al comercio, a las finanzas, al sector empresarial e industrial.

Los primeros años del siglo XX serán, entonces, un interregno económico y político que permitirá un espacio institucional de paz y prosperidad, hacia la consolidación de una burguesía nacional, que emerge con gran pujanza y confianza, tanto en el ámbito de lo social, como en los escenarios del comercio, la manufactura, la cultura y el arte.


CONTEXTO HISTÓRICO

El cinematógrafo, innovación tecnológica de reciente factura (Dic. 1895), no quedará por fuera de los intereses y necesidades de la incipiente burguesía nacional, quien verá, de muy buen agrado, el creciente interés y gusto por el nuevo entretenimiento popular.

A menos de diez años de su nacimiento, el cine ya ha sido reconocido como uno de los medios masivos de comunicación de gran impacto social en las audiencias, en especial, en aquellos sectores sociales con pocas alternativas de información y entretenimiento.

Esta concepción ha quedado confirmada, entre otras muchas experiencias, por el rol destacado en que el gobierno soviético (1917-1927) colocó a su cinematografía, ubicándola como uno de los medios mas significativos, en su estrategia mediática para consolidar al nuevo régimen, en términos políticos, administrativos e ideológicos.

En Colombia, a tono con los nuevos vientos de renovación y cambio, y en sintonía con las tendencias mundiales en materia tecnológica y política, tanto sus clases dirigentes como el pujante sector empresarial, no objetarán recursos para la divulgación y promoción de sus valores, necesidades y formas de ver el mundo.

La imagen cinematográfica, con su vocación de gran realismo en la descripción de ambientes y costumbres; en su verosimilitud, a la hora de narrar historias y en su calidad de espectáculo masivo, será la punta de lanza en su recién y espontánea estrategia mediática.

Es así como la incipiente burguesía nacional que está al tanto de las grandes innovaciones científicas y técnicas del mundo industrializado, y mas pronto que tarde, no escatimará esfuerzos por presentar, en los escenarios nacionales, los globos aerostáticos y el ferrocarril; los primeros vehículos y los aeroplanos; los daguerrotipos y la fotografía; el fonógrafo y la telegrafía; la luz eléctrica y el cinematógrafo.


EL CINE, CORREA DE TRANSMISIÓN

El cine, en tal sentido, se convertirá en el vehículo idóneo para promulgar sus hábitos, costumbres y gustos, con una dramaturgia que da cuenta, tanto de sus mecanismos de representación social, como de sus formas de vida, así como de sus necesidades de legitimación social.

Las películas realizadas en Colombia durante los primeros veinte años del siglo XX, a más de dar cuenta de los avances tecnológicos y narrativos en materia cinematográfica, nos permiten, cual detallado scanner, una disección de la sociedad colombiana de principios de siglo XX y un certero diagnóstico sobre aquellos quienes propiciaron unas formas de representación determinadas y unos mecanismos de simbolización particulares.

Desde la óptica de la producción social de sentido, de sus marcos de referencia y las lógicas de producción mediáticas, es posible conocer, determinar y analizar sus características mas significativas; sus necesidades mas apremiantes; los grados de pujanza y desarrollo económico; las rencillas de carácter político; el tipo de relaciones internacionales; los mecanismos de evasión o confrontación ideológica; las pugnas internas por las que atravesaban tales sectores sociales.



EL CINE EN COLOMBIA

Creemos que el cine colombiano no solamente es valioso para la historia del cine en particular, de la cultura y el arte en el país, sino que sus historias y sus formas de representación, son fundamentales para el conocimiento y reconocimiento de un pasado reciente que muchas veces es menospreciado, descuidado y olvidado.

El cine, como forma de reproducción de la realidad (documental), pero también como forma de producción de sentido en tanto que representación estética del mundo, nos brinda un conocimiento de primera mano del mundo y sus protagonistas, tanto cuando los aborda directa y concientemente, como cuando los evade en forma deliberada.

En tal sentido creemos que es importante y necesaria dicha reflexión, no solo desde los aportes que nos pueden brindar a los campos específicos de la sociología, o la antropología cultural, sino, fundamentalmente, en tanto medio de comunicación de masas y su importancia en la configuración y consolidación de imaginarios y formas de representación, socialmente interesadas.


HIPÓTESIS

El cine colombiano de los años 20, fue el medio masivo de comunicación idóneo, mediante el cual, grupos nacionales emergentes, escenificaron sus luchas, ideales, formas de pensar y realidades, en busca de la visibilidad, el reconocimiento y la legitimidad, con miras a la hegemonía por la representación social.


OBJETIVO GENERAL

Explicitar cómo los sectores sociales en pugna por la hegemonía y la visibilidad social, se representan a sí mismos y que visión nos brindan de "los otros".


OBJETIVOS ESPECÍFICOS

Reconocer que el cine se convierte, para la burguesía colombiana de los años 20, en el vehículo idóneo para visibilizarse socialmente y la mejor vitrina para la exposición y representación de sus formas de ver y concebir el mundo.

Demostrar cómo las diferentes regiones del país, Eje Cafetero, Valle del Cauca, Antioquia, Región Andina (Cundinamarca, Boyacá, Santander), pugan por la representación, el reconocimiento y la visibilidad social.

Reconocer que grupos sociales entran en pugna, por el reconocimiento y la representación social, en el cine colombiano de los años 20, y que intereses políticos y económicos entran en juego.

Demostrar que las formas de representación (géneros y formatos) del cine colombiano de los años 20, están en consonancia con los estilos imperantes del cine y la cultura occidental (melodrama - film d'art).


FORMULACIÓN DEL PROBLEMA

El cine, como representación de la realidad, es una fuente generosa de información, documentación y análisis sobre la sociedad que produce un sinnúmero de películas las cuales, aún sin proponérselo, dan fe y testimonio de su tiempo, de las tecnologías imperantes, de los modos de pensar y ver el mundo, así como de los imaginarios y las formas de simbolización que sobre sí, los demás y su entorno prevalen en un momento determinado.

Ante la ausencia de otras fuentes primarias de investigación, un análisis en las formas de narración y simbolización las producciones colombianas de los años veinte, tanto de ficción como documentales, nos permitirá rastrear, que sectores sociales se visibilizan, cómo son representados y qué intereses sociales, económicos y políticos entran en juego en estas producciones.

Adicionalmente podremos analizar, a través de la puesta en escena, de los géneros y formatos utilizados, los gustos dramáticos en boga, demostrando cómo la Colombia de los años 20 no estaba de espaldas al mundo, y que sus formas de representación, están de acuerdo, en ese contexto, con la tradición cultural occidental.

MARCO REFERENCIAL

A través de los materiales cinematográficos conservados de aquella época, es posible analizar qué se representa y cómo se asumen ciertos tópicos sociales; que tipo de imaginarios son puestos en escena; cuales son las temáticas mas sensibles a la sociedad en aquel momento.

Puesto que la producción cinematográfica no es abundante, mas bien escasa, a lo sumo 16 películas entre argumentales y documentales y de las cuales podemos apenas visualizar una tercera parte, es necesario, formular en ellas, una serie de interrogantes como ¿Qué se oculta y cómo en las películas de aquel periodo? ¿Que visualizan sus argumentos y que no? ¿Cómo se realizan estas puestas en escena? ¿Quien produce y realiza tales películas? ¿Cuales son sus motivaciones principales para ello? ¿Que tipo de teatro y cine se exhibía en Colombia en aquella época? ¿A que esquemas narrativos, formatos, géneros y estereotipos recurría nuestro cine?


ABORDAJES HISTÓRICOS TRADICIONALES

Ante la ausencia de material propiamente cinematográfico, resulta muy dificultoso un acercamiento estético frente a unas obras perdidas; un abordaje desde la tecnología resulta algo estéril, pues tanto en sus esquemas narrativos como técnicos, las incipientes producciones recurren a los modelos foráneos y una historia desde lo económico, es decir modos de producción, circulación (distribución) y consumo (exhibición) de las películas, en ausencia de un esquema industrial, no resulta ni interesante ni significativo para nuestro abordaje.

Es por tales motivos que nuestro acercamiento será desde la óptica de una historia social
[2] la cual nos permita observar y analizar ¿Cómo y qué tipo de sociedad reflejan las películas? ¿Quién veía las películas y por qué? ¿Que función ejercía el cine como institución social? ¿Qué relaciones establecía el cine con otras instituciones sociales? ¿Que posibles efectos culturales (imaginarios, identidad, representación) se buscaron a través del cinematógrafo? ¿Qué racionalizaciones o construcciones de lo real fueron posibles desde los relatos audiovisuales? ¿Qué tipos de subjetividades afloraron en estos discursos?

Si el cine se erige, en sus primeros años como espejo,
[3] memoria y representación del mundo, ¿que tipo de mirada nos refleja el cine colombiano de los años 20? ¿Qué tipo de memoria nos han legado sus cinematografistas? ¿Qué tipo de lecturas son posibles a través de una mirada contemporánea? ¿Qué representaciones de sociedad encontramos allí? ¿Qué visión de modernidad están fijadas en estas películas?

Sabemos que los interrogantes son muchos. Por fortuna el corpus es limitado y lo iremos a delimitar aún mas, en especial a BAJO EL CIELO ANTIOQUEÑO (1924) de Arturo Acevedo, ALMA PROVINCIANA (1925) de Félix Joaquín Rodríguez, MANIZALES CITY (1925) de Félix R. Restrepo y GARRAS DE ORO (1926) de P.P. Jambrina (Pepe Sanabria).

A través de esta pequeña muestra, y sin despreciar referencias a otras producciones de las cuales se tienen notas de prensa y otros testimonios, pretendo reconstruir el tipo de sociedad que se representa en estas películas y las razones, extra cinematográficas, estéticas, políticas e ideológicas que los motivaron a ello.

El marco referencial, para este acercamiento a una historia social del cine colombiano de los años veinte, estará sustentado en algunos aspectos de la Escuela de Frankfurt (crítica), en autores tales como Walter Benjamin, Jürgen Habermas, Louis Althusser y Theodor Adorno; en algunas categorías elaboradas y trabajadas por otros autores mas recientes como Herbert Marcuse, Marshal McLuhan y Armand Mattelart, entre otros y con cierta delectación por autores mas contemporáneos como Pierre Bourdieu, Harry Pross, Alain Touraine, Perry Anderson y Noam Chomsky entre otros.
Largometrajes colombianos (1922 - 1929)
1 1922 María de Alfredo del Diestro y Máximo Calvo Olmedo.
2 1923 La Tragedia del Silencio de Arturo Acevedo Vallarino.
3 1924 Aura o las Violetas de Pedro Moreno Garzón y Vincenzo Di Domenico.
4 1924
Bajo el Cielo Antioqueño de Arturo Acevedo Vallarino.
5 1925 Alma Provinciana de Félix Joaquín Rodríguez.
6 1925 Como los Muertos de Pedro Moreno Garzón y Vincenzo Di Domenico.
7 1925 Manizales City de Felix R. Restrepo
8 1925 Suerte y Azar de Camilo Cantinazzi.
9 1926 El Amor, el Deber y el Crimen de Pedro Moreno Garzón y Vincenzo Di Domenico.
10 1926 Garras de Oro de P.P Jambrina.
11 1926 Madre de Samuel Vásquez.
12 1926 Nido de Cóndores de Alfonso Mejía Robledo.
13 1926 Tuya es la Culpa de Camilo Cantinazzi.
14 1928 Los Amores de Keliff de Arturo Sanín.

[1] Cfr. Bejarano, Jesús A. (1980) La Economía, en Manual de Historia de Colombia tomo III. Instituto Colombiano de Cultura, Bogotá, Colombia.
[2] Cft. Robert C. Allen y Douglas Gomery (1995) en Teoría y Práctica de la Historia del Cine, Paidós Comunicación Nº 70 cap. 7º: Historia Social del Cine
[3] Cft. Umberto Eco (1988) De los Espejos y otros Ensayos. Ed. Lumen col. Palabra en el tiempo Nº 173

Guía para la presentación de artículos especializados

De acuerdo con lo discutido en la sesión del 10 de Marzo/08, los artículos especializados presentados en el Seminario deberán contener:

1. Características del contexto del tema y del tópico. Justificación
2. Formulación del problema: objeto de estudio, tipo, enfoque teórico, tiempo/espacio
3. Formulación de hipótesis
4. Objetivos general
5. Discusión teórica: punto de vista

domingo, 9 de marzo de 2008

Los medios comunitarios en la construcción de lo público

Astrid Carolina Cañas C.
Asesora - Proyecto Planeta Paz


La comunicación y la construcción de lo público

El trabajo que hemos venido realizando durante los últimos años como equipo de comunicación en Planeta Paz nos ha llevado a asumir la discusión acerca de la relación de la comunicación con los actores sociales populares y el papel estos realizan en la construcción de lo público, en la medida en que nuestro propósito ha sido acompañar los procesos populares en la construcción de propuestas de política pública hacia la paz en Colombia.

En un contexto en el cual el ejercicio de la violencia simbólica ha sido permanente en las dinámicas de construcción de la vida pública y se ha constituido en una poderosa manera de anular la identidad, los horizontes de sentido y los intereses de los sectores populares, creemos en la importancia estratégica de propiciar los escenarios que se requieran para hacer una reflexión colectiva sobre el carácter de la comunicación en las prácticas sociales populares que nos ayude a comprenderlas, con el propósito de hacer un aporte al fortalecimiento de una comunicación enraizada en los procesos populares.

En este trayecto, nos hemos acercado a varios debates que de alguna manera constituyen un referente en lo que se refiere al cuestionamiento del horizonte de la comunicación como una dimensión de posibilidades concretas para la construcción de unos nuevos referentes éticos y políticos para el país.

Las referencias clásicas a la construcción de lo público y la comunicación

La discusión contemporánea sobre lo público nos lleva hacernos preguntas acerca de cómo redefinir el lugar de lo comunicativo en la construcción de lo público en la sociedad.

En ese sentido, las perspectivas clásicas del análisis de lo público, y específicamente las que provienen de la teoría liberal de la democracia, tendieron a idealizar el rol de los medios de comunicación en la medida en que le otorgaron al debate público y racional una enorme importancia en la construcción de la democracia. La realización de este ideal se apoyaba en una concepción según los medios de comunicación debían servir como plataforma para la emergencia en la esfera pública de la pluralidad de posiciones existentes en la sociedad civil, además de su papel fundamental en el control y limitación del poder del Estado. Sin embargo, y esta ha sido una de las principales críticas a esta concepción, al considerar a los medios de esta forma no tuvieron en cuenta el peso determinante de las complejas y dinámicas relaciones de poder que constituyen lo público y que se revelan en las ambiguas expresiones de la visibilidad y invisibilidad mediática. En gran medida esta concepción sigue haciendo parte de los lugares comunes acerca del papel de los medios y ha dificultado la comprensión de su lugar en los procesos políticos en tanto refiere el análisis de los medios a los referentes normativos del liberalismo.

¿Qué queda aún del papel que el liberalismo le asignaba a los medios masivos de comunicación? Muy seguramente quedan rastros del ideal liberal en los programas de formación de los comunicadores sociales y periodistas en donde aún se consideran paradigmáticos los referentes éticos y el deber ser social del periodista heroico de la gloriosa era liberal europea. En la práctica, la tendencia a poner el énfasis en el ideal de realización de los valores y libertades del ideario liberal por la vía de la comunicación, no permite contemplar las múltiples estrategias de poder que se juegan en la dinámica de visibilización e invisibilización de determinados asuntos de carácter público. Y sin embargo, la discusión sobre el papel de la comunicación en la emergencia de espacios para la expresión de la pluralidad en la esfera pública continúa siendo objeto de diversas interpretaciones en la medida en que la que diversas teorías y los mismos movimientos sociales han encontrado en esta reflexión un campo de disputa estratégico para sus luchas.

Pero por otro lado, ¿qué queda del viejo paradigma de los medios como reproductores de la dominación? Cabe decir que, en su momento, este enfoque permitió evidenciar que los medios de comunicación masivos tienen una estrecha relación con el poder, y también le permitió a la crítica posterior preguntarse por la supuesta pasividad de las audiencias frente a la dinámica de la dominación. Y aunque los límites analíticos de esta perspectiva han sido expuestos exhaustivamente durante décadas (a veces con cierta saña por parte de quienes en otro momento fueron sus promotores), la necesidad de pensar en esas relaciones entre capital, poder, audiencias y medios de comunicación continúa siendo vigente. Cualificar el análisis de esas relaciones para intentar desarticularlas sigue siendo una indiscutible prioridad no sólo en la teoría sino también en la práctica social de quienes hacen comunicación. En dirección hacia nuestra reflexión sobre lo público, no perder de vista las relaciones de poder que se encuentran profundamente mediadas por las lógicas instrumentales del mercado hacia la construcción de consumos e identidades culturales que operan de acuerdo a las nuevas territorialidades emergentes de la globalización, es sin duda un campo a explorar.

En la práctica tanto el ideal liberal de los medios como las teorías marxistas en la comunicación han sido profundamente cuestionadas. Los medios de comunicación se han revelado como dispositivos complejos de relaciones en donde se alternan simultáneamente prácticas de exclusión e inclusión, de opresión de ciertos intereses e identidades pero a veces también de visibilización de fuerzas sociales en proceso de emergencia. La idea de un rol preestablecido de los medios, bien sea como herramientas de la dominación, o como de adalides de la democracia, han sido ambas objeto de múltiples cuestionamientos que en buena parte nos han permitido comprender que el sustrato de esa producción simbólica en las sociedades se remite al ámbito de la cultura y de las prácticas sociales. Frente a esto las reflexiones críticas han sido diversas y muy enriquecedoras, como es el caso de los aportes que la denominada “comunicación-cultura” ha hecho a los estudios de comunicación y a otros campos de las ciencias sociales, principalmente en lo que se refiere al reconocimiento de los múltiples contextos culturales de producción de la comunicación y el consiguiente encuentro con los actores sociales que la producen en la cotidianidad.

La construcción de lo público se encuentra mediada por relaciones de poder que son complejas y nos remiten al campo de la comunicación y la cultura: involucran esos imaginarios del deber ser liberal con prácticas que distan de ese horizonte de realización democrática que se les atribuía, ejercicios de dominación y opresión en donde la violencia simbólica opera en múltiples direcciones, procesos de construcción de acuerdos parciales frente a asuntos considerados como socialmente problemáticos, etc. Allí donde se encuentran estas dinámicas es donde a la vez tienen lugar las prácticas sociales colectivas que les dan forma produciendo la comunicación. Ese es el terreno sobre el cual intentamos hoy encontrar alternativas.

Comunicación y campos de conflicto

La comunicación es entonces una dimensión de las relaciones sociales concretas, que tiene lugar en las prácticas colectivas y también en las individuales. Está presente en las relaciones inter-subjetivas y en aquellas que los actores sociales colectivos construyen internamente y hacia otros: en la definición de sus horizontes de sentido, de su identidad, de su visión de la sociedad, en sus relaciones de articulación o de oposición hacia otros, así como en sus prácticas de resistencia. Esto quiere decir que todos y todas dinamizamos en diferentes espacios de acuerdo con una diversidad de estrategias posibles lo que sentimos, pensamos y queremos de nosotros y nosotras mismas y de la sociedad.

Esta dimensión comunicativa de las prácticas sociales se dinamiza en torno a lo simbólico, lo afectivo y que evidencia diferentes formas de comprender el “deber ser” de lo social. La comunicación no es una cosa o un hecho específico, y aunque a muchos y muchas nos pueda parecer trillado repetirlo, todavía hay que lidiar permanentemente aún entre nosotros y nosotras con concepciones que cosifican la comunicación y la convierten en un asunto de aparatos y tecnologías solamente. No sobra aclararlo: cuando se remite la comunicación a los aparatos se piensa, por ejemplo, que entre más novedosa sea una tecnología mayores son las posibilidades de un ejercicio de democrático a través de ella, cuando en realidad la cualificación la participación social y política depende de la transformación de las relaciones de poder en las que estamos insertos. Un ejemplo es el caso relativamente reciente de la estrategia de participación del Plan Decenal de Educación, en la que se privilegió el uso de Internet para la realización de los debates omitiendo que la mayoría de las comunidades rurales no tienen ni acceso ni el capital cultural para utilizar esas particulares tecnologías (pero sí otras que no son tenidas en cuenta) debido a procesos históricos de exclusión que no se solucionan espontáneamente.

Ahora bien, la comunicación se encuentra referida a unos espacios sociales específicos: cada territorio nos revela la existencia de diversos campos de conflicto que son estructurados por diversos actores sociales. Podríamos citar diversos ejemplos: el conflicto alrededor de la privatización de la salud, la educación, los servicios públicos, en la lucha por las formas de uso de los recursos naturales, las disputas por el control político-electoral, etc. Cada campo de conflicto nos ofrece un escenario diferente del cual la comunicación hace parte activa tejiendo la dimensión simbólica de las prácticas que allí se manifiestan. No hay campos de conflicto social exentos de lógicas de control, manipulación, ocultamiento, visibilización, y en esa medida la comunicación asume formas distintas que cambian conforme las estrategias que los actores viabilizan frente a los conflictos que enfrentan y las posiciones que asumen.

¿Qué papel cumplen allí los medios comunitarios con relación a esas prácticas de los actores sociales populares? En este plano también ha habido muchas transformaciones en la teoría y en la práctica. Si antes se pensaba que en lo popular reside el germen de lo contra hegemónico per se, o que su vocación única era la de contestar al orden establecido, hoy sabemos también que los procesos de comunicación comunitarios son complejos, involucran identidades e intereses diversos, y que estos no se pueden analizar aislados de los territorios y los campos de conflicto que allí se estructuran, a veces en la forma de procesos contra-hegemónicos pero a veces con otras orientaciones de sentido. Lo que queremos decir es que la comunicación siempre es una dimensión cambiante, en la que se juegan permanentemente diversas estrategias, tan variadas y dinámicas como actores sociales y lógicas de acción existen en los territorios.

Comunicación y construcción de una estrategia social de paz


¿De qué manera la comunicación comunitaria puede orientarse hacia la construcción y apoyo a la construcción colectiva de una estrategia social de paz?

Siendo la comunicación una dimensión fundamental en la construcción de lo público, en la medida en que tiene origen en los territorios, cuyas dinámicas son ocultadas y visibilizadas en medio de las lógicas del conflicto que pernean a la sociedad en su conjunto, las iniciativas de comunicación comunitaria cobran una relevancia fundamental en la calificación y transformación del conflicto social, político, cultural y ambiental con expresiones armadas que vive el país.

A partir de la discusión que hemos recogido en el proceso de acompañamiento de diversas iniciativas de construcción de política pública en las regiones, y de la estructuración de las Mesa de Conflicto y Política Pública hacia la Paz que Planeta Paz ha venido impulsando en las regiones, hemos recogido algunos planteamientos que pueden servir como insumo para la reflexión que hoy nos reúne en este seminario.

- El análisis de los campos de conflicto territorializados en donde tienen lugar una diversidad de relaciones que implican lo comunicativo. La particularidad de los medios comunitarios es precisamente la de generar unas dinámicas atendiendo a unos territorios en donde los conflictos tienen lugar con sus manifestaciones específicas. Es allí donde la comunicación comunitaria puede trabajar hacia la cualificación o transformación de esos conflictos.

- En una sociedad en la que la violencia hace parte de las relaciones sociales, la comunicación es una dimensión en la que operan lógicas de violencia simbólica pero al mismo tiempo se posibilitan procesos de construcción o reconstrucción simbólica de los horizontes éticos y políticos para la sociedad. La comunicación comunitaria puede hacer un enorme aporte a la paz a través de la desestructuración de las violencias simbólicas que alimentan los conflictos: las violencias contra las mujeres, lesbianas, gais, transgeneristas, los y las desplazadas, sindicatos, organizaciones sociales populares, partidos, movimientos y organizaciones políticas.

- En consecuencia, la comunicación se constituye en una dimensión de trabajo fundamental en la conformación de públicos diversos en los territorios, que expresen las contradicciones, las discusiones, las diferencias y los acuerdos existentes alrededor de problemáticas locales y regionales que se relacionan con la reproducción del conflicto en sus diferentes aspectos sociales, económicos, culturales y ambientales. El horizonte de sentido de la comunicación comunitaria está estrechamente ligado a la reconstrucción de esos espacios públicos en donde se escenifican las realidades que no tienen lugar en la comunicación masiva.

- El fortalecimiento de la comunicación comunitaria tiene un reto en la cualificación de los procesos de construcción de lo público. Cuando los medios comunitarios obedecen a lógicas particularistas, individualizadas, a intereses puramente comerciales, esa perspectiva de fortalecimiento de lo público se desvanece. Es el caso de lo que sucede con ciertas licencias de operación de radios comunitarias que se le asignan frecuencias de radio siendo usadas para beneficio privado.

- En esa medida, la construcción de lo público pasa necesariamente por un cuestionamiento de sus relaciones con los ámbitos de lo privado. En la comunicación esto nos lleva hacia el reconocimiento de las relaciones sociales que tejen lo comunicativo y que están ligadas a la vida cotidiana de las personas, sus visiones, sus sueños y la forma como comprenden y van forjando cotidianamente el territorio en todas sus dimensiones. Lejos de distanciarnos de “lo político”, este acercamiento a lo cotidiano nos permite darnos un lugar en la construcción de alternativas hacia la paz autónomas y viables.

- Para cualificar los procesos de construcción de lo público desde la comunicación comunitaria en los contextos territoriales se hace necesario hacer un mapa de la pluralidad de escenarios, formas y lenguajes con los que las comunidades viabilizan sus prácticas y discursos sobre determinados conflictos: los lugares de encuentro en que las personas problematizan lo que les inquieta, las formas en que se llega a determinados actores, los lenguajes que visibilizan y los que excluyen. En la medida en que la comunicación pasa por este tejido de relaciones, vale la pena que la comunicación comunitaria se apoye en es ellas.

- Otro punto que se presenta como importante para la agenda de quienes trabajan en comunicación es la visibilización de las organizaciones y procesos sociales populares que con muchas dificultades intentan posicionar en los medios masivos sus agendas con pocos resultados, la mayoría de las veces y por diversas razones históricas y también coyunturales. Esa visibilización no es un problema de propaganda, sino de legitimación de la existencia de una pluralidad de perspectivas que esas organizaciones tratan de posicionar en un campo de conflicto específico.

- En la misma medida en que la comunicación comunitaria ofrece un escenario para la reconstrucción de referentes éticos y políticos hacia la paz, se hace necesario apostar por la visibilización de las víctimas del conflicto desde sus propias voces, el reconocimiento de su presencia en los territorios, de sus problemáticas y de sus agendas reivindicativas.

Opinión Pública y la salida negociada al conflicto: una disputa por el sentido de la reconstrucción ética y política del país

Astrid Carolina Cañas Cortés
Politóloga. Profesora de Opinión Pública.

Hipótesis:
Los procesos comunicativos inherentes a la opinión pública en Colombia se caracterizan por una dinámica de inclusión y exclusión sistemática de determinados referentes éticos y políticos respecto a la posibilidad de una salida negociada al conflicto social y político armado.

Objetivos:
- Caracterizar la disputa por la legitimidad de diversas versiones sobre la posibilidad de una salida negociada al conflicto social y político armado, tomando como eje del análisis las estrategias comunicativas de los principales actores sociales y políticos que se han visibilizado u ocultado en este debate.

Planteamiento del problema:
Durante los últimos años la discusión pública acerca de las perspectivas de resolución negociada del conflicto armado ha sido el eje de la disputa política por parte de diversos actores sociales y políticos en el país. La legitimidad de ciertas interpretaciones acerca de la pertinencia de encaminar las acciones de política pública hacia la definición de estrategias gubernamentales para la paz, así como el horizonte propiamente dicho de la negociación del conflicto, se ha constituido en un elemento de confrontación que ha implicado una dinámica de disputa por el sentido de una posible reconstrucción ética y política de Colombia.

Los actores sociales y políticos que intervienen en dicha confrontación habilitan escenarios para la visibilización de esta disputa, estableciendo sus estrategias de acción y encaminando sus dinámicas de incidencia hacia el posicionamiento de sus visiones en la opinión pública. La comunicación aparece como una dimensión constitutiva de la acción de dichos actores, que no pueden prescindir de activar procesos de transformación simbólica de las relaciones de poder en la medida en que avanzan en el despliegue de sus estrategias políticas.

La pregunta por el papel de los procesos comunicativos en la definición de los regímenes simbólicos societales de inclusión y exclusión implica hacer una valoración de los escenarios que estos habilitan para la discusión pública pero también de los mecanismos de supresión y cancelación de ciertas voces que ponen en juego cuestionamientos hacia los principios éticos y políticos de las alternativas en pugna. En esa medida, esta reflexión se propone indagar por los mecanismos mediante los cuales se desarrolla esta dinámica, con el fin de enriquecer la discusión sobre el papel de la comunicación y sus agentes y actores en una sociedad en conflicto, mecanismos que pasan por la estructuración de estrategias comunicativas que tejen en lo concreto esa especialidad social a la que denominamos “opinión pública”, en la cual hay una dinámica permanente de superposición de versiones públicas sobre el conflicto, se constituyen hegemonías parciales, a la vez que se cuestionan permanentemente el sustrato de legitimidad pública de determinadas visiones sobre el deber ser de la sociedad colombiana.

Es allí, en la constitución de esa especialidad social en donde encontramos que los procesos históricos de configuración de los regímenes simbólicos de exclusión e inclusión afectan el desarrollo de ese principio de publicidad que sustenta como principio la comprensión de lo público desde la perspectiva de la teoría liberal de la democracia. La comunicación dinamiza en buena medida la transformación de esos regimenes simbólicos, a la vez que pone en cuestión permanentemente el referente ideal normativo de la publicidad en la esfera pública.


La comunicación en la constitución de lo público

Los debates contemporáneos sobre la democracia nos señalan una ruta que coincide en alguna medida con el propósito de esta investigación y nos ayudan a ubicar la comunicación como dimensión de las prácticas sociales que constituyen lo público. La preeminencia de los actores sociales colectivos en la construcción de lo público, apunta a señalar que la democracia es una construcción activa y permanente que tiene lugar en las dinámicas concretas de esos actores, y más allá, en las dimensiones intersubjetivas de los seres humanos, hombres y mujeres. En otras palabras, y de acuerdo con lo que algunos de estos debates nos ayudan a ver, la democracia no es una dimensión abstracta, normativa, que se consigna en las constituciones y en las leyes, sino que es un tejido de relaciones intersubjetivas que constituyen dinámicas estructurales e interactúan con ellas.

En América Latina el debate sobre democracia giró durante varias décadas alrededor del momento históricamente paradigmático de la transición post-dictaduras, enfatizando el peso de las transformaciones institucionales de la vida pública, de manera que el establecimiento de constituciones democráticas, la institucionalización de funciones de control y vigilancia de la gestión, y sobretodo la habilitación de mecanismos participativos para la toma de decisiones, se convirtieron en la constatación misma del advenimiento de un nuevo contexto democrático
[1]. Sin embargo, paralelamente a lo anterior también en nuestro continente, una profusa producción académica sobre movimientos y actores sociales ha permitido dar el giro hacia la democracia como construcción en las prácticas sociales, que tienen una diversidad de comprensiones a la hora de encaminar rutas hacia la definición de horizontes de sentido: la identidad de la enorme diversidad de pueblos indígenas que habitan estos territorios, la emergencia de nuevas identidades de género y orientaciones sexuales que cuestionan la democracia formal, los movimientos de mujeres que construyen sus derechos en las dimensiones locales cercanas a esas dimensiones que siempre se excluyeron como parte del dominio de lo doméstico, etcétera.

De esta manera, el estudio de la opinión pública en América Latina, nos lleva necesariamente a un replanteamiento de lo que entendemos como democracia, y a una revaluación profunda del papel de los actores sociales colectivos en dicho proceso. Es en el marco de este debate en el que la comunicación cobra una importancia no solo desde el ideal normativo de la democracia, sino como práctica concreta que habilita espacialidades de discusión, de emergencia de la pluralidad, de resignificación de las conflictividades sociales, espacialidades que se gestan desde lo local, regional y global.
Por esta vía, se abre un enorme campo de análisis para la comunicación, que amplía el universo de posibilidades investigativas a la vez que brinda la posibilidad de explorar campos de acción heterogéneos. En la medida en que las prácticas sociales se convierten en una perspectiva para analizar la construcción de lo público, la comunicación toma forma como dimensión de esas prácticas, no escindible y de alguna manera tampoco prescindible en análisis de las relaciones sociales, sino como parte activa de lo que hacen las organizaciones sociales, los partidos políticos, las instituciones, las burocracias mediáticas, etc.

En este terreno, encontramos que la diversidad de actores que emprenden su acción en contextos específicos, y que obedece a diversas lógicas, desarrollan estrategias comunicativas para darle forma a sus intereses, su identidad y su horizonte de sentido sobre la sociedad, constituyéndose estas en el sustrato concreto de la opinión pública, que por ende expresa la dinámica de relaciones de poder simbólico entre dichos actores. Sin embargo, las correlaciones de poder simbólico que entre ellos de tejen, tienen una trayectoria que está intrínsecamente amarrada a la habilitación de espacialidades sociales diversas a lo largo de la historia de una sociedad. Como Mattelart nos permite comprender, la comunicación emerge de una pluralidad de interacciones entre lógicas de desarrollo económico, organización política, emergencia de las culturas, encuentro con desarrollos tecnológicos, interacciones en contextos socio-ambientales específicos, que le dan forma a la comunicación que una determinada sociedad merece
[2]. Desde lo que Mattelat nos aporta para efectos de nuestro propósito, la constitución de lo público debe remitirnos necesariamente este tejido discontinuo de lógicas evidencia en la trayectoria histórica de la comunicación en una sociedad, proceso que él analiza en profundidad para el caso Europeo.

Las estrategias de comunicación, retomando el sentido de la hipótesis de este trabajo, nos llevan al campo de la disputa simbólica por la legitimidad, lo cual implica que rastrear las definiciones, los momentos, las pausas en la lógica de acción de estos actores en un determinado campo de disputa sea un reto metodológico. Para el caso que nos interesa, el campo de discusión pública sobre la salida negociada al conflicto social y político armado en Colombia, ofrece una riqueza enorme tanto por la validez de asumir la responsabilidad que nos cabe frente a al mismo, como por ser este un campo de exploración teórico y metodológico que nos mete de lleno en el pensamiento transdisciplinario.

[1] Brunner, José Joaquín. Globalización cultural y posmodernidad. México, Santiago de Chile. Fondo de Cultura Económica. 1998.
[2] Mattelart, Armand. La invención de la comunicación. Barcelona. Éditions La Découverte. 1994.

lunes, 25 de febrero de 2008

INDUSTRIA EDITORIAL Y PRÁCTICAS DE LECTURA EN FORMATOS DIGITALES

[1]

Por: Elkin Rubiano
Sociólogo de la Universidad Nacional de Colombia y magíster en comunicación de la Pontificia Universidad Javeriana. Actualmente es profesor asociado de tiempo completo de la Universidad Jorge Tadeo Lozano. Imparte los seminarios de teoría estética y arte y sociedad.


Teniendo en cuenta que cada vez más el libro y la lectura se convierten en un asunto de de interés público no es extraño encontrarse con frases como “un país que vaya a alguna parte debe leer mucho más de lo que leemos los colombianos”
[2], o incluso con ideas de cómo el libro “puede llegar a convertirse en un instrumento de paz”[3]. Aunque todos estemos de acuerdo con el propósito de incentivar la lectura, normalmente el problema de la lectura y el libro se nos presenta como algo evidente. La ecuación sería sencilla: lectura=cultura, lectura=conocimiento, lectura=desarrollo. Estos supuestos se circunscriben de modo general a la idea de la cultura entendida como un recurso económico, social y político (Yúdice, 2002). Es decir, en la ecuación señalada estas tres variables se cruzan. De modo que si bien es cierto que la promoción de la lectura se fundamenta en los más nobles propósitos (“culturizar”, formar ciudadanía e incluso pacificar), también lo es que se fundamenta en indicadores estadísticos (cuántos libros se lee al año, cuánto aporta la industria editorial al PIB, cuántos empleos se generan en esta industria, etc.). Con frecuencia esta relación se deja de lado bajo los supuestos del gran valor que el libro y la lectura tienen en sí mismos sin poner en consideración tanto las transformaciones de la industria editorial como de las prácticas de lectura. El propósito de este texto es poner en evidencia esas relaciones.

Digitalización y marketing: industria y prácticas en transformación
En primer lugar debe señalarse que la industria editorial ha pasado de la “edición artesanal” a la “edición industrial o de mercado”. La primera suponía unos conocimientos que podían recogerse en unos pocos principios: conocimientos técnicos (cómo editarse), conocimiento especializado (qué debe editarse), “olfato” (a quién editar y bajo qué condiciones) y, por último, el “buen gusto” del editor según el canon. Sin embargo el tránsito a la segunda modalidad de edición supone la adquisición de otros principios en la labor editorial: el “conocimiento del mercado, de los lectores y los mecanismos para llegar a éstos de la manera más eficaz posible” (Satizábal y Esteves, 2002, 13). Estos cambios exigen un análisis del mercado editorial y del público lector así como una diversificación de los contenidos que llegue con igual eficacia tanto al lector masivo como al lector experto, de ahí que la distribución y comercialización sean fundamentales dentro de toda la cadena productiva. El proceso de creación, en otros tiempos exclusividad del autor-autorizado, del genio creador, se extiende hacia lo que podría denominarse proveedores de contenido creativo.

Los cambios entre una y otra modalidad de edición (de la artesanal a la industrial) van acompañados de cambios tecnológicos: de lo analógico (el libro) a lo digital (la pantalla y la red). No quiere decir esto que el soporte digital desplace al analógico pues ambos cumplen, básicamente, las mismas funciones: “soporte de información, medio de entretenimiento y herramienta de conocimiento” (Katz, 2002: 21). Lo que debe tenerse en cuenta es que dependiendo de la función, uno u otro soporte se desempeña de mejor manera (Tabla 1). La información ha demostrado ser más eficiente cuando se fija en soportes digitales: debido al volumen, la velocidad, los costos de la utilización y el acceso simultáneo en tiempo real han demostrado que cuando se trata de enciclopedias, diccionarios y bases de datos, lo digital parece ser la mejor opción. En el caso del entretenimiento
[4], específicamente la literatura, el libro impreso (analógico) sigue siendo para el lector la mejor alternativa: debido a cuestiones ergonómicas el libro es algo que puede leerse en diversas circunstancias y en cualquier lugar. Es decir, leer un libro de poemas sentado en un parque es algo que aún no reemplaza la pantalla por cuestiones de comodidad (en cualquier parte), legibilidad (la pantalla aún no resuelve de manera eficiente los reflejos de luz) y económicas (el portátil o el e-book resultan costosos y requieren de fuente de energía). Un caso diferente es el del conocimiento, pues el soporte analógico o digital depende del contenido: en cuanto al conocimiento de vanguardia la novedad deber ser divulgada inmediatamente “tanto para garantizar la paternidad de la nueva idea o del nuevo descubrimiento como para permitir que quienes esperan esos resultados para avanzar en sus propios trabajos dispongan de ellos lo antes posible (…), las revistas científicas de punta ya no se imprimen en papel, sino que distribuyen a través de Internet a un número reducido de suscriptores -habitualmente institucionales- debido a la alta especialización de tal conocimiento” (Katz, 2002: 24). Mientras que el conocimiento de tipo ensayístico para un público lector más extendido preferentemente se fija en el soporte analógico.

En este punto resulta bastante curioso que algunas publicaciones universitarias que tienen por lo general un ciclo de vida corto y cuya compilación resulta voluminosa –suma de breves textos como conferencias, ponencias y participaciones-, se sigan realizando en papel: memorias de seminarios, congresos, documentos de trabajo deberían, por cuestiones de costos y distribución, publicarse en soportes digitales. Aquí tal vez estemos en presencia de lo que podríamos llamar un amor incondicional al libro; un tipo de amor que termina fetichizando el objeto libro como soporte legítimo del conocimiento y de la herencia cultural. En nuestro contexto, por ejemplo, aún tiene mayor valoración social publicar un libro, independientemente de la editorial, que publicar un artículo en una revista indexada, y poca o ninguna valoración publicar en soportes digitales. Este es, sin duda, un rezago intelectualizado que aún no legitima ni los nuevos soportes ni las nuevas formas de escritura hipertextual.


Pasemos ahora a las prácticas de lectura. Petrucci (1998) brinda al respecto unas pistas interesantes al hablar de la “lectura de zapping” que, al igual que el zapping televisivo, supone la fragmentación y la simultaneidad. Pero esto, desde luego, no es una práctica unida necesariamente a las nuevas tecnologías, pues la apropiación que hacen los lectores del texto analógico parece hacerse de ese modo actualmente: no la lectura del libro entero sino capítulos específicos. Práctica que se pone en evidencia, por ejemplo, en el trabajo intelectual cuando en el escritorio se acumulan volúmenes de libros que se consultan a la vez, y de manera fragmentaria, para escribir un artículo. O en el caso de los estudiantes cuyos profesores dejan lecturas fragmentarias muchas veces sin la referencia de origen, práctica que se ha ritualizado en la reproducción xerográfica y que Carlos Monsiváis ha recogido en la precisa expresión el “grado xerox de la lectura”.

Ahora bien, las prácticas de lectura fragmentarias y discontinuas, simultáneas y veloces, se arraigan con las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Beatriz Sarlo (2006) señala que “Quienes leen muy velozmente habrán encontrado en Internet la pista de deslizamiento ideal”, y continúa la ensayista de manera desconsolada pero tal vez con acierto: “Se tiene la impresión, sostenida por los efectos técnicos, de que lo mejor siempre está por delante, como si la sucesión de pantallas construyeran un suspenso que no va a resolverse nunca.” Para mostrar la cara opuesta y dar una idea del debate alrededor de la relación entre nuevas tecnologías y prácticas de lectura, presentemos una idea recurrente de Martín-Barbero (2000) al respecto: “Hoy, una gran parte de los saberes y quizá de los más importantes y socialmente valiosos, no pasan ya por la escuela ni le piden permiso a la escuela para circular por la sociedad. Un proceso que no había tenido casi cambio desde la invención de la imprenta sufre una mutación de fondo con la aparición del texto electrónico”. Debe decirse que entre una y otra opción argumental hay una gran laguna empírica que necesariamente debe cubrirse mediante investigaciones sobre educación, prácticas de lectura y nuevas tecnologías, que aún están por realizarse.


Prácticas de lectura: de la centralidad del libro al descentramiento del texto electrónico
¿Por qué es indispensable conocer las prácticas de lectura? Básicamente porque esas prácticas se han ido transformando con el tiempo y esas transformaciones parecen ir más rápido que el resto de la cadena productiva. En otras palabras, la producción, distribución y comercialización se han ido ajustando muy lentamente a las demandas del lector. Debe señalarse que sobre las prácticas de lectura aún se conoce muy poco en nuestro contexto y la información que tiende a recolectarse se concentra, por ejemplo, más que en las prácticas de la lectura en el número de lecturas realizadas por una persona, medido mediante el indicador del libro: “¿cuántos libros lee usted al año?” Este tipo de información, aunque clave, reduce la noción de lectura y deja lagunas a la hora de hacer políticas para el fomento de la lectura -en el caso de la administración pública-, o de diseñar estrategias de mercadeo -en el caso de la industria editorial.

En Colombia la indagación sobre los hábitos de lectura se ha hecho mediante una metodología preferentemente cuantitativa, es decir, la categoría “lector” se ha construido en función de la cantidad y la naturaleza de los libros leídos al año. Frente a este tipo de construcción metodológica cabe acogerse al siguiente comentario: “lo que determina la cualidad de un lector en tanto tal, no es sólo qué lee o cuánto lee, sino la manera en que capitaliza la lectura en su vida social, afectiva, política o laboral, cómo y porqué se llega a la lectura, qué o quiénes influyen en ella, cómo se socializa” (Bahloul, 2002: 8). Sin embargo debe decirse que en la Encuesta Nacional de Hogares 2000 y 2005 realizada por el DANE (Fundalectura, 2001 y 2006) se recogió una información valiosa que, independientemente del sesgo que acabamos de mencionar, se convierte en un buen punto de partida para realizar investigaciones más detalladas. Veamos algunos resultados puntuales:
Comparativamente llama la atención que entre 2000 y 2005 se dan algunos cambios significativos en cuanto a los soportes, pues mientras disminuye el consumo de libros, de 48.2% al 40.7%, aumenta la lectura en Internet, de 4.9% a 11.8%. Estos datos indican que Internet, antes que enemigo pedagógico, es una herramienta que debe instalarse en los procesos de aprendizaje, pero entendiendo el asunto no sólo desde el problema de la conectividad sino primordialmente desde el problema de las prácticas de estudio, aprendizaje y nuevas modalidades de lecto-escritura. Debe tenerse en cuenta, en contra de los supuestos de Internet como enemigo de la lectura, que justamente las personas que aumentaron el consumo de lectura en Internet son los que a su vez declararon leer más libros, asistir frecuentemente a bibliotecas y tener más libros en casa.

Los soportes electrónicos transforman la producción, transmisión y recepción de lo escrito, es decir, no sólo es un cambio tecnológico sino un cambio tanto en la industria editorial como en las prácticas de lectura. Específicamente la lectura en soportes digitales se estructura del siguiente modo: velocidad (acceso en tiempo real), fragmentación (leer, escribir, escuchar y ver distintos contenidos al mismo tiempo –multitasking), exceso (una infinita cantidad de información a un clic de distancia) y la posibilidad de que el lector manipule los textos (construcción de índices, moverlo, copiarlo, subrayarlo) con consecuencias antagónicas: tanto la posibilidad de convertirse en autor como la de convertirse en plagiario:

El lector se convierte en uno de los actores de una escritura a varias manos o, al menos, se halla en posición de constituir un texto nuevo a partir de fragmentos libremente recortados y ensamblados. (…) puede en todo momento intervenir en los textos, modificarlos, reescribirlos, hacerlos suyos. A partir de esta circunstancia se comprende que tal posibilidad pone en tela de juicio y en peligro nuestras categorías para describir las obras, referidas desde el siglo XVIII a un acto creador individual, singular y original, y que fundan el derecho en materia de propiedad de un autor sobre una obra original, producida por su genio creador (la primera vez que se usó el término fue en 1701) se ajusta muy mal al mundo de los textos electrónicos (Chartier, 1996)

Ahora bien, la lectura en soportes electrónicos, que está estrechamente ligada a nuevas modalidades de escritura, aún no se ha legitimado ni en el ámbito académico ni en las mediciones que se hacen del consumo de lectura. Es más, numerosas investigaciones indican que al momento de recolectar la información, las personas encuestadas no hablan de todas sus lecturas pues una especie de autocensura hace que eliminen numerosas modalidades: electrónicas, xerográficas, informativas, de entretenimiento, etc. De otro lado, en el ámbito académico las modalidades electrónicas no hacen parte de los procesos de enseñanza, lo que resulta problemático:

Los maestros y los alumnos están en internet, las escuelas tienen internet, pero el sistema escolar no está en internet. El sistema educativo en términos de procesamiento de contenidos, de estructura pedagógica, de gestión de las escuelas, está estructurado en una forma que para introducir ese cambio tecnológico y social a la vez hay que cambiar la organización de la escuela y los currículos, hay que sacar internet del aula de informática (además cerrada con llave) y ponerla en los currículos de todas las materias. Hay que cambiar la pedagogía. Porque no es que los maestros con internet tengan miedo de perder el poder, es que no saben cómo enseñar con internet, nadie se los ha explicado (Castells, 2007)

Tenemos entonces que los procesos de enseñanza que buscan formar en competencias específicas, las políticas públicas y privadas que buscan fomentar la lectura y el mercado editorial que busca ofertar eficientemente deben hacer un tránsito hacia las nuevas modalidades de lectura en soportes digitales. Resulta extraña, por ejemplo, la centralidad del libro en los programas de fomento a la lectura y en las prácticas pedagógicas; la industria editorial, por el contrario, ha empezado a hacer el tránsito con la edición multimedia y la publicación on line.

El tránsito del que hablamos no es una consigna de tipo tecnofílico sino una necesidad. Pensemos, por ejemplo, en las bases de datos especializadas que hoy adquieren las universidades pero que tienen muy poco o ningún uso. Allí hay, evidentemente, problemas pedagógicos. Si bien los jóvenes son expertos en el uso de las tecnologías de la información y la comunicación no resulta evidente aún que esa experticia converja con los procesos de aprendizaje académicos. Más que la conectividad, que va en ascenso, es necesario que la red y la pantalla se fundamenten en prácticas pedagógicas. Es decir, no basta con que la escuela tenga computadores conectados a la red o que el televisor, como aparato, se lleve al aula de clase, como típicamente se ha entendido la relación entre escuela y tecnología. Si vivimos en la sociedad de la información es necesario que los jóvenes aprendan a navegar en ella: discriminar, distanciarse, criticar, encontrar lo pertinente en el infinito mar de datos son competencias que aún no se adquieren. La convergencia tecnológica y la convergencia de contenidos no coinciden con el uso cualificado de esos contenidos y esas tecnologías. En contextos académicos la búsqueda de información cualificada es desplazada por el azar, las bases de datos especializadas desplazadas por Google. Si los soportes digitales transforman las prácticas de lectura y escritura, la enseñanza académica debe esforzarse en hacer el tránsito hacia una pedagogía que piense en y con las tecnologías de la información y la comunicación.


BIBLIOGRAFÍA
- Bahloul, Joëlle (2002) Lecturas precarias. Estudio sociológico sobre los “poco lectores”, México: F.C.E.
- Castells, Manuel (2007) “Es fundamental saber qué es lo que está pasando en la mente de nuestros niños hoy”, en
http://weblog.educ.ar/educacion-tics/cuerpoentrevista.php?idEntrev=183 (Recuperado: 06.08.07)
- CERLALC (2006) El espacio iberoamericano del libro, Madrid: CERLALC/Federación De Gremios De Editores De España.
---------------- (2002) El libro y la edición. Hacia una agenda de políticas públicas, Bogotá: CERLALC/UNESCO.
- Chartier, Roger (1996) “Del códice a la pantalla: trayectorias de los escrito”, en Revista Quimer N’ 50.
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- Martín-Barbero, Jesús (2000) “Ensanchando territorios en Comunicación/Educación”, en Comunicación-Educación: coordenadas, abordajes y travesías, Bogotá: Universidad Central-DIUC.
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- Petrucci, Armando (1998) “Leer por leer: un porvenir de la lectura” en Historia de la lectura en el mundo occidental, G. Cavallo y R. Chartier (coord.), Madrid: Taurus.
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- Rey, Germán (2005) “La Cultura en los Tratados de Libre Comercio y el Alca. Diez respuestas sencillas sobre diez asuntos complejos” en Temas no comerciales en la negociación comercial entre Colombia y Estados Unidos, J. C. Ramírez (Ed.), Bogotá: Naciones Unidas, CEPAL y Friedrich Ebert Stiftung en Colombia, pp. 31.40.
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- Uribe Schroeder, Richard y Cifuentes Gómez, Diana (2007) Percepción sobre el clima editorial empresarial en el 2006 y tendencias a corto plazo, CERLALC/UNESCO.
- Yúdice, George (2002), El recurso de la cultura. Usos de la cultura en la era global, Barcelona, Gedisa.

Notas
[1] Este texto se presentó en el XV ciclo de conferencias del Departamento de Humanidades titulado “Los días y las dudas: cuerpo, palabra y recorrido”, Bogotá, Universidad Jorge Tadeo Lozano, agosto 15 de 2007.
[2] El Malpensante, Nº 77, marzo 16 - abril 30, Bogotá, 2007, pág. 10.
[3] En el marco de la celebración de “Bogotá Capital Mundial del Libro” el título que se le dio a la conversación entre la escritora colombiana Laura Restrepo y el Nobel José Saramago fue “El libro como instrumento de paz”. Aunque en el mismo título de la conversación se daba por evidente una idea, es necesario señalar algunas reticencias del Nobel: “El libro, tomado como símbolo, puede contribuir. Pero tengo algunas dudas sobre esa afirmación tan rotunda”, entrevista realizada por El Tiempo, Bogotá, Julio 9 de 2007.
[4] No interesa aquí entrar en la discusión si a la llamada literatura culta puede endilgársele la etiqueta de “entretenimiento”. Para nuestros propósitos tanto en el best-seller como en la literatura culta se puede encontrar una experiencia estética unida a la lectura: goce, identificación, etc.Elkin Rubiano

DEL CÓDICE A LA PANTALLA: TRAYECTORIAS DE LO ESCRITO

Por: ROGER CHARTIER
Lectura sugerida por: Elkin Rubiano
"El libro ya no ejerce el poder que ha sido suyo, ya no es el amo de nuestros razonamientos o de nuestros sentimientos frente a los nuevos medios de información y comunicación de que a partir de ahora disponemos": esta observación de Henri Jean Martin constituirá el punto de partida de mi reflexión. En ella quisiera señalar y nombrar los efectos de una revolución temida por unos y aplaudida por otros, dada como ineluctable o simplemente designada como posible: a saber, la transformación radical de las modalidades de producción, de transmisión y de recepción de lo escrito. Disociados de los soportes en los que tenemos la costumbre de encontrarnos (el libro, el periódico ), los textos estarían de ahora en adelante consagrados a una existencia electrónica: compuestos en el ordenador o digitalizados, escoltados por procedimientos telemáticos, llegan a un lector que los aprehende en una pantalla.
Para abordar ese futuro (tal vez es un presente) en el que los textos serán separados de la forma del libro que se impuso en Occidente hace dieciséis siglos, mi punto de vista será doble. Será el de un historiador de la cultura escrita, particularmente atento al unir en una misma historia el estudio de los textos (canónicos u ordinarios, literarios o sin calidad), el de los soportes de su transmisión y diseminación, el de sus lecturas, sus usos, sus interpretaciones. Será, igualmente, el resultado de una participación (en un nivel modesto) en el proyecto de la Biblioteca nacional de Francia. Uno de los ejes esenciales de este proyecto es, efectivamente, la constitución de un importante fondo de textos electrónicos que la biblioteca podrá trasmitir a distancia y que podrán ser objeto de un nuevo tipo de lectura, posibilitado por el correo de lectura computarizado.
Mi primera pregunta será esta: ¿cómo situar en la historia larga del libro, de la lectura y de las relaciones con lo escrito la revolución anunciada, de hecho ya empezada, que nos hace pasar del libro (o del objeto escrito) tal como nosotros lo conocemos, con sus cuadernos, sus hojas, sus páginas, al texto electrónico y a la lectura sobre la pantalla? Para responder a esta pregunta hay que distinguir muy bien tres registros de mutación cuyas relaciones quedan aún por establecer. La primera revolución es técnica: ella transformó a mediados del siglo XV los modos de reproducción de los textos y de la producción del libro. Con los caracteres móviles y la prensa para imprimir, la copia manuscrita dejó de ser el único recurso disponible para asegurar la multiplicación y la circulación de textos. De ahí la importancia otorgada a ese momento esencial de la historia de Occidente, considerado como el que marca la Aparición del libro (ese es el título del libro pionero de Lucien Febvre y Henri-Jean Martin publicado en 19568). O caracterizado como una Printing revolution (así se llama la obra de Elizabeth Eisentein aparecida en 1983).
Hoy en día, la atención se ha desplazado un poco, insistiendo en los límites de esta primera revolución. En principio queda claro que, en sus estructuras esenciales, el libro no se modificó por la invención de Gutenberg. Por otra parte, por lo menos hasta cerca de 1500, el libro impreso sigue dependiendo en gran medida del manuscrito: imita de él su compaginación, su escritura, su apariencia y, sobre todo, se considera algo que debe terminarse a mano: la mano del iluminador que pinta iniciales adornadas o historiadas y miniaturas, la mano del corrector, o enmendador, que añade signos de puntuación, rúbricas y títulos; la mano del lector que inscribe sobre la página notas e indicaciones marginales. Por otra parte, y de modo más fundamental, tanto antes como después de Gutenberg el libro es un objeto compuesto de hojas dobladas y reunidas en cuadernos que se amarran unos con otros. En ese sentido, la revolución de la imprenta no es en absoluto una "aparición del libro". En efecto, doce o trece siglos antes de la aparición de la nueva técnica, el libro occidental encontró la forma que seguiría siendo la suya en la cultura de lo impreso.
Mirar hacia el Oriente, del lado de China, de Corea, de Japón, nos proporciona una segunda razón para evaluar la revolución de la imprenta. Efectivamente, ésta nos muestra que la utilización de la técnica propia de Occidente no es una condición necesaria para que exista, no solamente una cultura escrita, sino todavía más, una cultura impresa de profundos cimientos. Ciertamente, en Oriente son conocidos los caracteres móviles: ahí fueron incluso inventados y utilizados antes de Gutenberg: en el siglo XI son utilizados caracteres de tierra cocida en China y en el siglo XIII se imprimieron textos con caracteres metálicos en Corea. Pero, a diferencia de Occidente después de Gutenberg, el recurso de los caracteres móviles en Oriente permanece limitado, discontinuado, confiscado por el emperador o por los monasterios. Eso no significa la ausencia de una cultura de lo impreso de gran envergadura, hecha posible gracias a otra técnica: la xilografía, es decir, el grabado en planchas de madera de textos impresos mediante frotamiento. Con presencia desde mediados del siglo VIII en Corea, y a finales de siglo IX en China, la xilografía lleva en la China de los Ming y de los Quing, así como en el Japón de los Tukogawa, a una muy amplia circulación de lo escrito impreso, con empresas de edición comerciales independientes de los poderes, una densa red de librerías y de gabinetes de lectura, y géneros populares ampliamente difundidos.
No hay entonces que medir la cultura impresa de las civilizaciones orientales con el único rasero de la técnica occidental, como si aquélla fuera imperfecta o inferior. La xilografía tiene sus propias ventajas: se adapta mejor que los caracteres móviles a las lenguas que se caracterizan por tener un gran número de caracteres o, como en el Japón, por la pluralidad de escrituras; mantiene notablemente vinculadas a la escritura manuscrita y a la impresión, ya que las planchas se graban a partir de modelos caligrafiados; permite, gracias a la resistencia de las maderas que se conservan mucho tiempo, el ajuste del tiraje a la demanda. Esta constatación debe conducir a una apreciación
La revolución actual es mayor que la de Gutenberg. No sólo modifica a la técnica de reproducción del texto, sino también las estructuras y las formas mismas del soporte que transmite a sus lectores
Más justa del invento de Gutenberg. Ciertamente éste es fundamental, pero no es la única técnica capaz de asegurar una muy amplia diseminación del libro impreso.
La revolución de nuestro presente es, evidentemente, mayor que la de Gutenberg. No sólo modifica la técnica de reproducción del texto, sino también las estructuras y las formas mismas del soporte que transmite a sus lectores. EL libro impreso, hasta nuestros días, ha sido el heredero directo del manuscrito por la organización en cuadernos, por la jerarquía de los formatos —del folio al libellus—, por las ayudas a la lectura: concordancias, índice, cuadros, etc. Con la pantalla como sustituto del códice, la revolución es mucho más radical, ya que son los modos de organización, estructuración, consulta de lo escrito los que se hallan modificados. Una revolución así requiere entonces de otros términos de comparación.
La larga historia de la lectura nos proporciona los esenciales. Su cronología se organiza a partir del señalamiento de las dos mutaciones fundamentales. La primera pone el acento en una transformación de la modalidad física, corporal, del acto de la lectura, e insiste en la importancia decisiva del paso de una lectura necesariamente oralizada, indispensable al lector para la comprensión del sentido, a una lectura posiblemente silenciosa y visual. Esta revolución atañe a una larga edad media, ya que la lectura silenciosa, al principio restringida a los sriptoria monásticos entre los siglos VII y XI, ganaría el mundo de las escuelas y de las universidades en el XII, después el de los aristócratas laicos dos siglos más tarde. Su condición de posibilidad es la introducción de la separación entre las palabras por parte de los escribas irlandeses y anglosajones de la alta edad media, y sus efectos son totalmente considerables al abrir la posibilidad de leer más rápidamente y por tanto de leer más textos, y textos más complejos.
Una perspectiva así sugiere dos señalamientos. EN principio el hecho de que el Occidente medieval haya debido conquistar la habilidad de la lectura en silencio con los ojos no debe hacernos concluir su inexistencia en la antigüedad griega y romana. En las civilizaciones antiguas, en poblaciones para las cuales le lengua escrita es la misma que la lengua vernácula, la ausencia de separación entre las palabras no impide de ninguna manera la lectura silenciosa. La práctica común en la antigüedad de la lectura en voz alta, para los otros o para sí, no debe atribuirse a la ausencia de dominio de la lectura sólo con los ojos (ésta fue sin duda practicada en el mundo griego desde el siglo VI a.C). Más bien hay que atribuirla a una convención cultural que asocia vigorosamente el texto y la voz, la lectura, la declamación y la escucha. Este rasgo subsiste además en la época moderna, entre los siglos XVI y XVIII, cuando leer en silencio se convirtió en una práctica ordinaria de los lectores letrados. La lectura en voz alta siguió siendo entonces la base fundamental de las diversas formas de sociabilidad, familiares, cultas, mundanas o públicas, y el lector que busca muchos géneros literarios es un lector que lee par los otros o un "lector" que escucha leer. En la Castilla del Siglo de Oro, leer y oír, ver y escuchar son así casi sinónimos, y la lectura en voz alta es la lectura implícita de géneros muy diversos: todos los géneros poéticos, la comedia humanista (pensemos en La Celestina), la novela en todas sus formas, hasta el Quijote, la historia en sí.
Segunda observación en forma de pregunta: ¿no habrá que otorgar mayor importancia a las funciones de lo escrito que a su modo de lectura? Si tal es el caso, hay que colocar una cesura esencial en el siglo XII, cuando lo escrito no está ya sólo investido de una función de conservación y de memorización, sino que se compone y copia con fines de lectura, entendida como un trabajo intelectual. A un modelo monástico de la escritura sucede, en las escuelas y universidades, el modelo escolástico de la lectura. En el monasterio, el libro no se copia para ser leído, compendia el saber como un bien patrimonial de la comunidad y comporta usos ante todo religiosos: la ruminatio del texto, verdaderamente incorporada por el fiel, la meditación, el rezo. Con las escuelas urbanas todo cambia: el lugar de la producción del libro, que pasa del scriptorium a la tienda del librero estacionario; las formas del libro, con la multiplicación de abreviaturas, señales, glosas y comentarios, y el método mismo de lectura, ya que no es la participación en el misterio de la palabra sagrada, sino un desciframiento regulado y jerarquizado por la letra (littera), del sentido (sensus) y de la doctrina (sententia). Las conquistas de la lectura silenciosa no pueden pues separase de la mutación principal que transforma la función misma de la escritura.
Otra "revolución de la lectura" se refiere, por su parte, al estilo de lectura. En la segunda mitad del siglo XVIII, a la lectura "intensiva" sucedería otra, calificada como "extensiva" . El lector "intensivo" es confrontado con un corpus limitado y cerrado de textos, leídos y releídos, memorizados y recitados, escuchados y conocidos de memoria, transmitidos de generación en generación. Los textos religiosos, y en primer lugar la Biblia en los países de la reforma, con los alimentos privilegiados de esta lectura notablemente marcada por la sacralidad y la autoridad. El lector "extensivo", el de la Leseanet, de la rabia por leer que surge en Alemania en tiempos de Goethe, es un lector totalmente diferente: consume impresos numerosos y diversos, los lee con rapidez y avidez, ejerce a su respecto una actividad crítica que ya no sustrae ningún dominio a la duda metódica.
Un diagnóstico parecido ha podido ser discutido. En efecto, son numerosos los lectores "extensivos" en la época de la lectura "intensiva": pensemos en los letrados humanistas que acumulan lecturas para componer sus cuadernos de lugares comunes. Y el caso contrario es aún más cierto: es efectivamente en el momento mismo de la "revolución de la lectura" cuando, con Rousseau, Goethe o Richardson se despliega la más "intensiva" de las lecturas, por medio de la cual la novela se apodera de su lector, lo ata y gobierna como antes hizo el texto religioso. Además, para los lectores más numerosos y más humildes —los de los chapbooks, de la Biblioteca azul, o de la literatura de cordel—, la lectura conserva durante mucho tiempo los rasgos de una rara, difícil práctica que supone memorizar y recitar textos que se vuelven familiares porque son pocos y, de hecho, son reconocidos más que descubiertos.
Estas precauciones necesarias que conducen a abandonar una oposición demasiado contrastante entre los dos estilos de lectura, no invalida sin embargo la constatación que sitúa en la segunda mitad del siglo XVIII una "revolución de la lectura". Sus bases están bien señaladas en Inglaterra, en Alemania y en Francia: el crecimiento de la producción del libro, la multiplicación y la transformación de los periódicos, el éxito de los formatos pequeños, el descenso del precio del libro gracias a las ediciones piratas, la multiplicación de las sociedades de lectura (Book-clubs, Lesegesellschaften, cámaras de lectura). Descrito como un peligro para el orden público, como un narcótico (según palabras de Fichte), o como un desarreglo de la imaginación y de los sentidos, este "furor por leer" golpea a los observadores contemporáneos. Jugó indudablemente un papel esencial en desprendimientos críticos que, por toda Europa y particularmente en Francia, alejaron a los súbditos de su príncipe y a los cristianos de sus iglesias.
La revolución del texto electrónico es y será también una revolución de la lectura. Leer sobre una pantalla no es leer en un códice. La representación electrónica de los textos modifica totalmente su condición: sustituye la materialidad del libro con la inmaterialidad de textos sin lugar propio; opone a las relaciones de contigüidad, establecidas en el objeto impreso, la libre composición de fragmentos manipulables indefinidamente; a la aprehensión inmediata de la totalidad de la obra, hecha visible por el objeto que la contiene, hace que le suceda la navegación en el largo curso de archipiélagos textuales en ríos movientes. Estas mutaciones ordenan, inevitablemente, imperativamente, nuevas maneras de leer, nuevas relaciones con lo escrito, nuevas técnicas intelectuales. Sin las revoluciones precedentes de la lectura sobrevinieron cuando no cambiaban las estructuras fundamentales del libro, no sucede lo mismo en nuestro mundo contemporáneo. La revolución iniciada es, ante todo, una revolución de los soportes y las formas que transmiten lo escrito. En esto el mundo occidental no tiene más que un solo precedente: la sustitución del volumen por el códice, por el libro compuesto de cuadernos reunidos en lugar del libro en forma de rollo, ocurrida en los primeros siglos de la era cristiana.
A propósito de esta primera revolución, que inventa el libro que es aún el nuestro, deben ser planteadas tres preguntas. En principio, la de su fecha. Los hechos arqueológicos disponibles proporcionados por las excavaciones llevadas a cabo en Egipto permiten sacar varias conclusiones. Por una parte, es en las comunidades cristianas donde el códice reemplaza con mayor precocidad y más masivamente al rollo: desde el siglo II, todos los manuscritos hallados de la Biblia que datan del siglo II son de códices escritos en papiro, y, entre los siglos II y IV, 90% de los textos bíblicos y 70% de los textos litúrgicos y hagiográficos que nos han llegado están en forma de códice. Por otra parte, es con un notable desfase que los textos griegos, literarios o científicos adoptan la nueva forma del libro: es solamente en los siglos III y IV cuando el número de códices iguala al siglo III, permanece notable el número de códices iguales al de rollos. Incluso si el cálculo de la fecha de los textos bíblicos en papiro ha podido ser discutido, y a veces retrasado, hasta el siglo III, permanece notable el vínculo entre la preferencia otorgada al códice y los cenáculos cristianos.
Una segunda pregunta se refiere a las razones de la adopción de esta nueva forma de libro. Los motivos clásicamente esgrimidos conservan su pertinencia, incluso si hay que matizarlos un poco. La utilización de los dos lados del soporte reduce sin duda el costo de fabricación del libro, pero este uso no ha venido acompañado de otras economías posibles: disminución del módulo de escritura, retraimiento de los márgenes, etc. Por lo demás, el códice permite sin duda reunir una gran cantidad de texto en un volumen mínimo, aunque esta ventaja fue poco explotada de manera inmediata: en los primeros siglos de su existencia, los códices siguieron siendo de talla modesta y contenían menos de ciento cincuenta pliegos (es decir, trescientas páginas). Es a partir del siglo IV, incluso del V, cuando engrosan los códices y absorben el contenido de varios rollos. Finalmente, es innegable que el códice permite una marcación más fácil y un manejo más sencillo del texto: hace posible la paginación, el establecimiento del índice y de las concordancias, la comparación de un pasaje con otro, o incluso el hecho de que el lector, al hojearlo, recorra todo el libro. De ahí la adaptación de la forma nueva del libro a las necesidades textuales propias del cristianismo, a saber: la confrontación de los Evangelios y la movilidad, con fines de predicación, del culto o del rezo, de las citas de la palabra sagrada. Pero fuera de los medios cristianos, el dominio y utilización de las posibilidades ofrecidas por el códice se imponen sólo lentamente. Su adopción parece hecha por lectores que no pertenecen a la elite letrada —ésta permanece por mucho tiempo fiel a los modelos griegos, y por tanto al volumen—, y en principio abarca textos que se encuentran situados fuera del canon literario: textos escolares, obras técnicas, relatos, etc.
Entre los efectos del paso del rollo al códice, dos de ellos merecen una atención particular. Por una parte, si el códice imponen su materialidad, no borra las designaciones o representaciones antiguas del libro. En la ciudad de Dios de San Agustín, por ejemplo, si el término "códice" nombra al libro en cuanto objeto físico, la palabra liber se emplea para marcar las divisiones de la obra, y esto guardando memoria de la forma antigua, ya que el "libro", devenido aquí unidad del discurso (La ciudad de Dios abarca 22), corresponde a la cantidad de texto que podía contener un rollo. De igual manera, las representaciones del libro en las monedas y en los monumentos, en la pintura y en la escultura, permanecen por mucho tiempo ligadas al volumen, símbolo de saber y de autoridad, aun cuando el códice ha impuesto ya su nueva materialidad y obligado a nuevas prácticas de lectura. Por otra parte, para ser leído, y por tanto desenrollado, un rollo debe ser sostenido con las dos manos: de ahí, como nos lo muestran los frescos y los bajorrelieves, la imposibilidad para el lector de escribir al mismo tiempo que lee y, de golpe, la importancia del dictado en voz alta. Con el códice el lector conquista la libertad colocando sobre una mesa o un pupitre, el libro en cuadernos ya no exige un movimiento del cuerpo similar. En relación con él, el lector puede tomar sus distancias, leer y escribir al mismo tiempo, ir de una página a otra, a su gusto, o de un libro a otro. Con el códice, igualmente, se inventa la tipología formal que asocia formatos y géneros, así como tipos de libros y categorías de discurso, y se establece por tanto el sistema de clasificación y de marcación de textos que la imprenta heredará y que es todavía el nuestro.
¿Por qué estas miradas hacia atrás, por qué, en particular, llevar la atención hacia el nacimiento del códice? Sin duda, porque la comprensión y el dominio de la revolución electrónica del mañana (o del hoy) dependen en gran medida de su correcta inscripción en una historia de larga duración. Ello permite tomar plena medida de las posibilidades inéditas abiertas por la digitalización de los textos, su transmisión electrónica y su recepción en ordenador. En el mundo de los textos, dos limitaciones, consideradas hasta ahora como imperativas, pueden señalarse. Primera limitación: la que reduce estrechamente las posibles intervenciones del lector en el libro impreso. Desde el siglo XVI, es decir, desde la época en que el impresor tomó a su cargo los signos, las marcas y los títulos, títulos de capítulos o títulos corrientes que, en tiempo de los incunables, se añadían a mano sobre la página impresa por el corrector o el poseedor del libro, el lector no puede insinuar su escritura sino en los espacios vírgenes del libro. El objeto impreso le impone su forma, su estructura, sus disposiciones, y no supone de ninguna manera su participación. Si el lector pretende, de todos modos, inscribir su presencia en el objeto, sólo puede hacerlo ocupando subrepticia, clandestinamente, los lugares del libro que deja la escritura impresa: interiores de la encuadernación, folios dejados en blanco, márgenes del texto, etcétera.
Con el texto electrónico ya no pasa lo mismo. El lector no sólo puede someter los textos a múltiples operaciones (puede hacer su índice, anotarlo, copiarlo, desmembrarlo, recomponerlo, moverlo, etc.), sino, más aún, puede convertirse en su coautor. La distinción, muy visible en el libro impreso, entre la escritura y la lectura, entre el autor del texto y el lector del libro, se borra en provecho de una realidad distinta: el lector se convierte en uno de los actores de una escritura a varias manos o, al menos, se halla en posición de constituir un texto nuevo a partir de fragmentos libremente recortados y ensamblados. Como el lector del manuscrito que podía reunir en un solo libro, por su sola voluntad, obras de naturalezas muy diversas, unirlas en un mismo compendio, en un mimo libro-Zbaldone, el lector de la era electrónica puede construir a su placer conjuntos textuales originales cuya existencia, organización e incluso apariencia sólo dependen de él. Pero, además, puede en todo momento intervenir en los textos, modificarlos, reescribirlos, hacerlos suyos. A partir de esta circunstancia se comprende que tal posibilidad pone en tela de juicio y en peligro nuestras categorías para describir las obras, referidas desde el siglo XVIII a un acto creador individual, singular y original, y que fundan el derecho en materia de propiedad de un autor sobre una obra original, producida por su genio creador (la primera vez que se usó el término fue en 1701) se ajusta muy mal al mundo de los textos electrónicos. Así, el Tribunal Supremo de Estados Unidos le ha negado toda pertinencia a esta noción en el caso de la publicación de la guía telefónica.
Por otra parte, el texto electrónico permite, por primera vez, remontar una contradicción que ha obsesionado a los occidentales: la que opone, de un lado, el sueño de una biblioteca universal que reúne todos los libros jamás publicados, todos los textos jamás escritos, incluso, como escribió Borges, todos los libros que es posible escribir agotando todas las combinaciones de las letras del alfabeto y, del otro, la realidad, forzosamente decepcionante, de las colecciones que, cualquiera que sea su tamaño, no pueden proporcionar más que una imagen parcial, con lagunas, mutilada, del saber universal. Occidente ha otorgado una figura ejemplar y mítica a esta nostalgia de la exhaustiva perdida: la biblioteca de Alejandría. La comunicación de textos a distancia que anula la distinción, hasta ahora irremediable, entre el lugar del texto y el lugar del lector, vuelve concebible, accesible, este antiguo sueño. Desprendido de su materialidad y de sus antiguas localizaciones, el texto y su representación electrónica pueden ya alcanzar a cualquier lector dotado del material necesario para recibirlo. Suponiendo que todos los textos existentes, manuscritos o impresos, sean digitalizados o, dicho de otra manera, hayan sido convertidos en textos electrónicos, la universal disponibilidad del patrimonio escrito se vuelve posible. Todo lector, allí donde se encuentre, con la condición de que esté conectado frente a un puesto de lectura con la red informática que asegura la distribución de los documentos, podrá consultar, leer o estudiar cualquier texto, cualesquiera que hayan sido su forma y su localización originales. "Cuando se proclamó que la Biblioteca abarcaba todos los libros, la primera impresión fue de extravagante felicidad": esta felicidad "extravagante" de la que habla Borges no es prometida por las bibliotecas sin muros, e incluso carentes de lugar, que serán sin duda las del futuro.
Felicidad extravagante, pero tal vez no sin riesgo. En efecto, cada forma, cada soporte, cada estructura de la transmisión y de la recepción de lo escrito afecta profundamente sus posibles usos e interpretaciones. En estos últimos años, la historia del libro se ha interesado en señalar, en diversos niveles, estos efectos de sentido de las formas. Son numerosos los ejemplos que muestran transformaciones propiamente "tipográficas" (en un sentido amplio del término) que modifican profundamente los usos, las circulaciones, las comprensiones de un "mismo" texto. Así sucedió con las variaciones en las partes del texto bíblico, en particular a partir de las ediciones de Robert Estienne y sus versículos numerados. Así ocurrió con la imposición de dispositivos propios del libro impreso (título y página del título, separación en capítulos, grabados en madera) a obras cuya forma original, unida a una circulación únicamente manuscrita, les era totalmente extraña: ahí está, por ejemplo la suerte del Lazarillo de Tormes, letra apócrifa, sin título, sin capítulos, sin ilustración destinado a un público letrado y transformado por sus primeros editores en un libro cercano, por su presentación, a las vidas de santos o a los occasionneis, en ese entonces los géneros de mayor circulación en la España del Siglo de Oro. Así, en Inglaterra, para las obras teatrales, el paso de las ediciones isabelinas, rudimentarias y compactas, alas ediciones que a comienzos del siglo XVIII, adoptando las convenciones clásicas francesas, vuelve visible el corte en actos y en escenas y restituye, mediante la indicación de los juegos de escena, algo de la acción teatral en el texto impreso. De manera que, más todavía, las formas nuevas que se aplican a todo un conjunto de textos ya publicados, más generalmente de origen culto, es con el fin de que puedan alcanzar a los lectores "populares" y constituir así el repertorio de las librerías ambulantes en Castilla, Inglaterra o Francia. Cada vez es idéntica la constatación: el significado, o más bien los significados, histórica y socialmente diferenciados de un texto, cualquiera que éste sea, no pueden separarse de las modalidades materiales en que se dan a leer a sus lectores.
De ahí viene, para nuestro presente, una gran lección: la posible transferencia del patrimonio escrito de un soporte a otro, del códice a la pantalla, abre posibilidades inmensas pero también representará una violencia ejercida en los textos al separarlos de las formas que han contribuido a construir sus significaciones históricas,. Suponiendo que, en un futuro más o menos cercano, las obras de nuestra tradición no se transmitan ni se descifren ya sino en una representación electrónica, sería grande el riesgo al ver perdida la inteligibilidad de una cultura textual en la que se llevó a cabo una unión antigua, esencial, entre el concepto mismo de texto y una forma particular del libro: el códice. Nada muestra mejor la fuerza de esta unión que las metáforas que, en la tradición occidental, hacen del libro una figura posible del destino, del cosmos o del cuerpo humano. El libro que ellas manejan, de Dante a Shakespeare, de Ramón Llull a Galileo, no es cualquier libro: está compuesto de cuadernos, formado en folios y páginas, protegido por una encuadernación. La metáfora del libro del mundo, del libro de la naturaleza, tan poderosa en la edad moderna se encuentra como dispuesta en las representaciones inmediatas y arraigadas que asocian naturalmente el texto escrito al códice. El universo de los textos electrónicos significará entonces necesariamente un alejamiento de las representaciones mentales y las operaciones intelectuales que están específicamente ligadas a las formas que ha tenido el libro den Occidente desde hace diecisiete o dieciocho siglos. Ningún orden de los discursos es, en efecto, separable del orden de los libros que le es contemporáneo.
Me parece entonces necesario, hoy en día, mantener juntas dos exigencia. Por un lado, necesitamos acompañar de una reflexión histórica, jurídica, filosófica, la mutación considerable que está revolucionando los modos de comunicación y de recepción de lo escrito. Una revolución técnica no se decreta. Tampoco se suprime. El códice la llevó a cabo y suplantó al rollo, incluso si éste, con otra forma y para otros usos (en particular archivísticos) atravesó toda la edad media. Y la imprenta sustituyó al manuscrito como forma masiva de reproducción y de difusión de los textos —incluso si los escritos copiados a mano conservaron su papel en la era de la imprenta para la circulación de numerosos tipos de textos surgidos de la escritura del fuero privado, de las prácticas literarias aristocráticas dirigidas por la figura del gentleman writer, o de las necesidades de comunidades particulares consideradas heréticas, unidas por el secreto de los gremios de la francmasonería, o simplemente cimentadas en el intercambio de los textos manuscritos. Se puede entonces pensar que en el siglo XXV, en el año 2440 que Louis Sebastien Mercier ha imaginado en su utopía publicada en 1771, la Biblioteca del Rey (o de Francia) no será ese "pequeño gabinete" que sólo contiene pequeños libros en duodécimos que concentran únicamente el saber útil, sino un punto en una red, extendida a todo el planeta, que asegure la disponibilidad universal de su patrimonio textual accesible en todas partes gracias a su forma electrónica. Ha llegado el momento de observar mejor y de comprender mejor los efectos de esa mutación y, considerando que los textos no son necesariamente libros, ni siquiera periódicos o revistas (derivados ellos también del códice), de redefinir todas las nociones jurídicas (propiedad literaria, derechos de autor, copyright) y reglamentarias (depósito legal, biblioteca nacional) y biblioteconómicas (catalogación, clasificación, descripción bibliográfica, etc) que han sido pensadas y construidas en relación con otra modalidad de la producción, la conservación y la comunicación de lo escrito.
Pero existe para nosotros una segunda exigencia, indisociable de la precedente. La biblioteca del futuro debe ser también el lugar en que se pueda mantener el conocimiento y la comprensión de la cultura escrita en las formas que han sido y son todavía mayoritariamente las suyas hoy en día. La representación electrónica de todos los textos cuya existencia no comienza con la informática no debe significar de ninguna manera la relegación, el olvido, o peor, la destrucción de los objetos que los han portado. Más que nunca, tal vez, una de las tareas esenciales de las grandes bibliotecas es recolectar, proteger, censar (por ejemplo bajo la forma de catálogos colectivos nacionales, los primeros pasos hacia las bibliografías nacionales retrospectivas), los objetos escritos del pasado y, así, hacer accesible el orden de los libros que todavía es el nuestro y que fue el de los hombres y las mujeres que leyeron desde los primeros libros de nuestra era cristiana. Solamente si es preservada la inteligencia de la cultura del códice podrá existir, sin matices, la "extravagante felicidad" que promete la pantalla.
Artículo tomado de: Revista Quimera #150, Septiembre de 1996.